Personas con Historia

Perfiles de personajes históricos que merece la pena conocer

viernes, 29 de enero de 2010
by Marta Hernández / Ilustración: Aurelio Lorenzo
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Salinger, el último Bartleby

En el relato de Herman Merville "Bartleby, el escribiente", un oficinista decide repentinamente ser sincero con sus superiores y a cada orden recibida contestar: "Preferiría no hacerlo"; un modo de vida aparentemente ideal e imposible lo cumplió a la perfección Jerome David Salinger (1919-2010) cuando decidió, en 1963, no volver a publicar absolutamente nada. Habían pasado doce años desde que viera la luz su obra maestra, "El guardián entre el centeno", y después de este enorme éxito, simplemente, decidió desaparecer.

Nacido en 1919 en un hogar acomodado en Nueva York, Salinger se formó en una academia militar y combinó viajes a Europa y colaboraciones, en forma de crítica cinematográfica, para el New Yorker. Participó en la Segunda Guerra Mundial como voluntario, fundamentalmente en labores de contraespionaje, y a la vuelta publicó sus primeros relatos.

Pero "El guardián entre el centeno", en 1951, vino a cambiarlo todo. Bestseller desde el año de su publicación, uno de los contados clásicos de autor vivo y obra maestra que ha impactado a varias generaciones de adolescentes (se venden 250.000 ejemplares cada año, y la cifra total supera los 60 millones), la novela puso a Salinger en el papel de autor literario de éxito que debe satisfacer a su editorial, a los medios, a su público. Y prefirió no hacerlo.

Se retiró a una casa de campo, se negó a dar entrevistas y participar en cualquier acto social, y tras publicar tres obras cortas, en 1953, 1961 y 1963, se apartó definitivamente del mundo sin dar más explicaciones que una entrevista al New Yorker en 1974 y varias querellas interpuestas contra todo aquel que utilizara su nombre o el de su obra, o intentara fotografiarle.

Su perfección a la hora de mantener una vida absolutamente privada y profesionalmente inactiva, desde 1963 hasta su muerte el 28 de enero de 2010, acrecentó el mito, lo convirtió en un personaje oscuro y misterioso, que renunciaba a ganar inmensas cantidades de dinero, tener éxito social, ser admirado y alabado, ganar premios, es decir, la magnífica vida que una escritura prolija podría haberle comportado en la muy próspera alta sociedad estadounidense del siglo XX y XXI. Sin embargo, en esa entrevista, realizada telefónicamente y que ya será definitivamente la última publicada, dio una explicación muy sencilla: "Hay una paz maravillosa en no publicar. Me gusta escribir. Amo escribrir. Pero escribo sólo para mí mismo y para mi propio placer".

Más sobre J. D. Salinger:

Una obra maestra: "El guardián entre el centeno" [PDF]

viernes, 22 de enero de 2010
by Marta Hernández / Ilustración: Aurelio Lorenzo
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Diógenes, la virtud extrema

El mal llamado Síndrome que lleva su nombre es exactamente lo contrario de lo que fue y vivió Diógenes (412 - 323 a.C), filósofo griego de la escuela cínica, un hombre temido por su ingenio y respetado por ser consecuente como hace ya siglos que no se practica.

Nacido en Sínope, en la costa del Mar Muerto, fue desterrado junto a su padre por fabricar monedas falsas, hecho que relataba con orgullo; recaló en Atenas y se hizo discípulo de Antístenes, de la línea socrática y maestro del ascetismo, al que no tardó en superar en fama por su inteligencia y su sarcasmo, y finalmente se desvinculó de todos y de todo, practicando una filosofía a su medida.

El principio rector de la filosofía de Diógenes fue la virtud; preconizaba que la sabiduría radicaba en liberarse de los deseos, reducir al máximo las necesidades y despreciar la riqueza, e incluso cualquier forma de propiedad, y en cuanto al comportamiento social, rechazaba completamente los usos sociales, en cuanto derivados del abandono del hombre al placer, de la esclavitud a las necesidades impuestas por la civilización, del ansia por la gloria y la riqueza y de la dependencia del hombre a las costumbres y las convenciones.

La diferencia entre Diógenes y otros continuadores de la escuela Cínica es que él llevó una vida de virtud exactamente como la entendía y proclamaba. Coherente con su filosofía, vivió en la pobreza extrema: dormía en una tinaja, sus propiedades se limitaban a la ropa que vestía, comía lo mínimo imprescindible y no admitía imposición alguna en su modo de comportarse.

Esta consecuencia con sus ideas le dotó de un prestigio inmenso entre sus contemporáneos, contando incluso con la admiración de Alejandro Magno y de Platón, que le llamaba “el Sócrates delirante”. No dejó escritos teóricos y lo que sabemos de él se debe a las crónicas de Diógenes Laercio en su Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres, pero sobre su ingenio se conocen muchísimas anécdotas, no todas fehacientemente demostrables, como la que le llevó a Corinto. Según la leyenda, en un viaje por mar fue capturado por piratas y puesto a la venta como esclavo en una plaza pública; cuando se le preguntó qué sabía hacer, él respondió: “Mandar. Comprueba si alguien quiere comprar un amo”, y efectivamente fue comprado por Xeniades de Corinto, que al momento lo liberó y le hizo tutor de sus dos hijos. Allí pasó el resto de su vida, viviendo tan estrictamente fiel a su filosofía como en Atenas, admirado y temido, considerado un modelo de sabiduría, hasta su muerte, se cree que de un cólico, dentro de su tinaja.

Más sobre Diógenes

 Capítulo dedicado a Diógenes en Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres

 Anécdotas sobre Diógenes

 Sobre la vida ascética: Hacia rutas salvajes

lunes, 18 de enero de 2010
by Marta Hernández / Ilustración: Aurelio Lorenzo
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Kevin Carter, cuando la vida duele

Una de las fotografías más famosas de la historia es sin duda la que otorgó a Kevin Carter (1960-1994) el premio Pulitzer, la imagen de una niña africana desnutrida, sola, sentada en el suelo, que es observada muy de cerca por un buitre. Tres meses después de recoger el premio en Nueva York, Carter, que había expuesto su vida por conseguir fotografías impactantes de la violencia en Sudáfrica, que nunca huyó de África y sus conflictos, se suicidaba y dejaba una nota: "El dolor de la vida anula la alegría hasta el punto que la alegría no existe".

Hijo de inmigrantes ingleses en Johannesburgo, Carter pertenecía a la clase social de blancos que abominaban del apartheid en lo más crudo de la revolución sudafricana, no obstante, en 1976 fue reclutado por el gobierno de los afrikaaners en la Fuerza de Defensa de Sudáfrica, en la que tuvo que servir, con constantes ataques por ser considerado un cafre-boétie ("amante de los negros") hasta 1983, cuando sobrevivió a un atentado de la milicia del Congreso Nacional Africano que mató a 19 soldados. Poco después comenzó a trabajar en una tienda de material fotográfico donde hizo contactos para ser contratado como fotógrafo de deportes en el Sunday Express de Johannesburgo.

En 1984 los disturbios raciales barrían los barrios negros, y Carter formó parte de un grupo de periodistas blancos que quiso exponer la brutalidad del apartheid, publicando las imágenes del horror en el Star: Carter, Ken Oosterbroek, Greg Marinovich y Joao Silva serán muy conocidos en Sudáfrica por sus fotografías como el "Bang-Bang Club", los hombres que disparaban los disparos, y por acudir siempre juntos, arriesgando su vida, a los focos más duros del conflicto antes que nadie.

En 1993, Carter se dirigió al norte de la frontera con Joao Silva para fotografiar el movimiento rebelde desencadenado por la hambruna en Sudán. Allí, a unos pasos del centro de alimentación de la ONU, tomó la imagen de la niña que daría la vuelta al mundo cuando, de vuelta en Johannesburgo, el New York Times compró y publicó la instantánea.

En abril de 1994 Carter recibió la noticia de que había ganado con ella el Pulitzer. Para él la fotografía de la niña y el buitre era una más de tantas que había tomado retratando el infierno africano, y ya se abría el abismo bajo sus pies cuando la imagen le hizo famoso; las imágenes de ejecuciones, linchamientos, mutilaciones de todo tipo y gente muriendo de hambre o quemada viva se agolpaban en su cabeza, su mujer lo había echado de casa y su amigo del Bang Bang Oosterbroek había sido asesinado mientras trabajaban juntos, como siempre, en Tozoka.

Sólo faltaba la fama del Pulitzer, qe acabó convirtiéndose en un juicio a gran escala contra Carter. Desde el momento de su publicación, cientos de personas habían escrito al Times preguntando por la suerte de la niña, y al juicio de los lectores siguió la crítica entre sus compañeros de profesión, incluso sus amigos le echaron en cara no haber hecho nada por ayudar a la pequeña.

Poco a poco se fue extendiendo la idea de su falta de ética, de su falta de conciencia, de su frialdad. Terriblemente afectado, acuciado por problemas económicos, y aislado en su entorno, Carter terminó suicidándose el 27 de julio de 1994, cuando la democracia había llegado a la Sudáfrica de Mandela y no quedaban atrocidades que fotografíar.

Más sobre Kevin Carter

 El Bang Bang Club

 Documental "La muerte de Kevin Carter"

 Trailer de la película "The Bang Bang Club" (2010)

martes, 12 de enero de 2010
by Marta Hernández / Ilustración: Aurelio Lorenzo
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Sergei Diaghilev, el Napoleón del arte

Empresario nacido en al alta sociedad de San Petersburgo, Sergei Diaghilev (1872-1929) estaba destinado a un puesto cómodo como directivo de los Teatros Imperiales rusos, pero allí conectó con el coreógrafo Mijail Fokine y juntos pergeñaron una idea, la de convertir el ballet clásico en un espectáculo total donde la música, la coreografía y los decorados compartieran protagonismo.

Su apertura a las ideas revolucionarias y su facilidad para conseguir dinero con que apadrinarlas le permitió formar una compañía propia, los Ballets Rusos, con los mejores de la ópera patria y con ellos desembarcó en París, donde a principios de siglo se concentraba toda la modernidad del mundo. El 19 de mayo de 1909 presentó en Europa una gira de un mes de duración, con Ana Pavlova y Nijinsky, su amante, como primeros bailarines; Mijail Fokine como coreógrafo; la música a cargo de Tchaikovsky y la escenografía de Roerich.

El éxito de los Ballets Rusos renovó completamente el concepto de la danza y el espectáculo en el nuevo siglo. La gira de primavera se repitió los años sucesivos y la troupe se fue enriqueciendo con los más importantes artistas de vanguardia: Matisse, Braque, Miró, Debussy, Richard Strauss, Giorgipo de Chirico, y Balanchine, entre otros, engrandecieron la compañía, que en 1911 se instaló definitivamente en Montecarlo e inició su expansión internacional.

Tras la marcha de Fokine de los Ballets, Diaghilev dejó en manos de Nijinsky la coreografía y asumió él mismo la dirección artística. Ahora quería la revolución completa, y para elló contrató a un desconocido compositor ruso: Igor Stravinsky. Los montajes de las óperas de Stravinsky El pájaro de fuego, Petrushka y especialmente La consagración de la primavera (1913) supusieron de hecho una ruptura estética y armónica sin posibilidad de marcha atrás; las voces de protesta del público ahogaban las primeras representaciones, se concertaron varios duelos entre los asistentes a las mismas y algunos ballets sólo pudieron finalizarse bajo la vigilancia de la policía, pero los ritmos asimétricos de Stravinsky, las costosísimas puestas en escena de Picasso y los movimientos de un Nijinsky que incluso simuló una masturbación en escena consiguieron enterrar para siempre la música romántica del siglo XIX.

Durante la I Guerra Mundial Diaghilev y su compañía se instalaron en España, bajo el mecenazgo del Rey Alfonso XIII, y volvieron con fuerza terminada la contienda. Durante los años 20, los Ballets Rusos aún marcaban la moda musical aunque cada vez siendo menos rusos; la marcha de Nijinsky, tras su matrimonio y caída en la locura, y el vuelo libre de Stravinsky, abrieron camino a otros como Cocteau, Falla, o Ravel que continuaron la línea de espectacularidad de sus predecesores, aunque Diaghilev, cerca del final, estaba cada vez más deprimido y endeudado.

En 1929 Diaghilev falleció en Venecia a causa de la diabetes a la edad de 57 años, tan arruinado que Coco Chanel tuvo que costear su entierro, pero con un mundo, el de la danza, definitivamente conquistado.

martes, 5 de enero de 2010
by Marta Hernández / Ilustración: Aurelio Lorenzo
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Buddy Bolden, el rey del jazz


El primer rey del jazz de Nueva Orleáns, su precursor, fue Charles "Buddy" Bolden (1877-1931). No dominaba la técnica ni fue el mejor músico de su tiempo, entendido como compositor y ejecutor que siguiera estrictamente las pautas musicales, pero su estilo, nuevo y diferente, estableció un punto de partida: es el salto del blues al jazz.

Tocó en diversas bandas de música entre 1890 y 1895, primero la armónica, después la trompeta que lo haría célebre. El fin de la guerra de secesión americana, veinticinco años antes, había permitido que muchos esclavos liberados se dedicaran profesionalmente a la música enriqueciendo con sus ritmos africanos y sus musicalizados lamentos la tradición instrumental de las bandas militares estadounidenses y el formalismo de la música clásica europea; bandas como la de Bolden se multiplicaban y amenizando funerales, bodas y fiestas populares extendieron su influencia por toda la comunidad negra, desde el profundo sur a las grandes ciudades del norte, llevando más allá una música con raíces culturales propias y que mediante la improvisación se distanciaba de los ritmos y melodías de los blancos.

En este ambiente festivo fundó Bolden su propia banda, en 1895, y muy pronto se distinguió de las demás por añadir al blues arreglos para instrumentos de metal y por aplicarle variaciones de melodía constantes (improvisación). Así nació el jazz en Nueva Orléans, como una pasión compartida para mover a su público a desfallecer bailando.

Desde 1898 a 1906 Bolden fue el rey de la noche negra. Fueron largos años de noche, alcohol, música y mujeres y su salud comenzó a fallar. Algunos autores citan que pudiera ser esquizofrénico, otros que el alcoholismo le empujó a la paranoia y la desconexión con la realidad, lo cierto es que tras cambiar radicalmente su comportamiento y ser detenido por atacar a su familia, su madre firmó su internamiento en un hospital mental de Jackson (Louisiana) donde permaneció hasta su muerte en 1931.

Más sobre Buddy Bolden

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