lunes 16 de enero de 2012

Personaje colectivo: Los ocho de Haymarket

Los ocho hombres que se conocerían como los ocho de Haymarket o "mártires de Chicago" consiguieron a finales del siglo XIX que culminara un movimiento social de más de 80 años y apuntalar una mejora de la calidad de vida a nivel global que ha perdurado hasta nuestros días, pero a cambio, y a su pesar, de dar la propia vida. La suya es una historia de injusticia y de violencia, del destino del pez pequeño que se enfrenta al grande, del peaje de la sangre.

El 1 de mayo de 1886 vencía en Estados Unidos un ultimátum dado por el principal sindicato del país, la Federación Americana del Trabajo, para que el sector privado atendiera una antigua demanda de los trabajadores antes de abocar a medio país a una huelga general: la regulación de la jornada de trabajo. Esta reivinidicación había comenzado en 1803 en Nueva York como un movimiento para poner límites a la disponibilidad sobre el trabajador, pues entonces la legislación sólo imponía que no se trabajaran más de dieciocho horas diarias, y "salvo caso de necesidad". Con los años la reivindicación se extenderá a todos los sectores y a todos los Estados industrializados, primero para conseguir reducir las jornadas laborales de 14 a 10 horas diarias, y para limitarlas a 8 horas después de que en 1953 el presidente Johnson estableciera mediante la Ley Ingersoll esa jornada para todos los empleados públicos. El conflicto se agudiza a partir de 1867, porque habiendo aprobado la mayoría de los estados leyes que reducían la jornada laboral a 8 horas también en el sector privado, éstas se habían convertido en papel mojado en manos de las empresas.

Huelga de trabajadoras de los almacenes Woolworth (Nueva York) en favor de la jornada de 40 horas semanales

Cuando llega la fecha establecida, en muchos estados se consiguen hacer cumplir dichas leyes sólo con la amenza de la huelga, en otros se obtiene el reconocimiento de la jornada de 8 horas cuando miles de trabajadores salen a la calle y paralizan por un día la industria. No ocurrirá lo mismo en Chicago, la segunda ciudad de Estados Unidos, la más industrializada, receptora histórica de grandes masas tanto de población rural del oeste como de inmigrantes europeos, donde se habían establecido los primeros suburbios de obreros, donde las condiciones del trabajo eran las más duras del país. En esta ciudad el 1 de mayo de 1886 se empieza a gestar un enfrentamiento brutal entre los huelguistas, que son una gran parte de la población, y una alianza del poder que incluye a los empresarios, la policía, la prensa y la justicia.

Un polvorín pronto a estallar

En Chicago el conflicto venía de más atrás, y era más profundo: no se trataba ya solamente de dirimir las condiciones laborales en las fábricas, lo que estaba en juego en Chicago como en ningún otro Estado en 1886 era todo un modelo de economía y de sociedad, entendida como ámbito de convivencia: convivencia entre los propietarios hechos a sí mismos en el modelo del viejo oeste americano y las paupérrimas masas venidas de todas partes, gracias al progreso encarnado en la reciente línea de ferrocarril; entre los liberales estadounidenses y los extranjeros ingleses y alemanes, ideologizados en el socialismo y el anarquismo y las revueltas europeas de 1848; entre las clases medias puritanas y una población rural analfabeta y pobre en la que hasta los niños tenían que trabajar para poder comer.

A las demandas de esas grandes masas por dignificar sus condiciones de vida se oponía esa alianza del poder, que en los días previos a la huelga resumía su sentir a través de la prensa generalista calificando al movimiento de las ocho horas como "indignante e irrespetuoso", al tiempo que acusaba a los huelgistas de querer "paralizar nuestra industria, disminuir el comercio y frenar la renaciente prosperidad de nuestra nación" en un momento en que Estados Unidos luchaba contra Inglaterra por la supremacía industrial y comercial. Incluso introducía una idea peligrosa, la de ver a los huelguistas como "poco patriotas".

La espiral de violencia estaba lista para comenzar, de hecho, ya nada podía pararla.

El 1º de mayo llega y en Chicago es un día de proclamas y enfrentamientos en las entradas de las fábricas. El 2 de mayo la policía disuelve violentamente una manifestación de 50.000 personas. El día 3, frente a la fábrica McCormiks, la situación se desboca; ese día intervendrán los hombres de la Agencia de Detectives Pinkerton, una suerte de fuerza paramilitar contratada por los industriales para luchar contra el movimiento obrero; a la violencia desatada por los hombres de Pinkerton contra los huelgistas se une la intervención de una compañía de la policía que dispara contra los manifestantes, matando a seis de ellos. En reacción, se convoca un acto de protesta para el día siguiente en Haymarket Square, donde sobrevendrá la tragedia: alrededor de las diez de la noche alguien lanza una bomba contra los policías que vigilan el evento y estos comienzan a disparar a la multitud, con el resultado de siete policías y cuatro manifestantes muertos, y cerca de 200 heridos.

Hoja volante en la que se convoca la reunión en Haymarket, 4 de mayo de 1886. En su primera versión incluía la frase "Trabajadores, armaos y apareced con toda vuestra fuerza", que fue eliminada en una segunda versión.

Escarmentando al movimiento obrero

Tras los incidentes de Haymarket se detuvo a 31 personas presuntamente implicadas en el lanzamiento de la bomba, de las cuales finalmente se acusaría a ocho. Comenzaba el Proceso de Chicago, el que será uno de los mayores abusos de la justicia en toda la historia de Estados Unidos, porque a los ocho de Haymarket, los futuros "mártires de Chicago", se les juzgó por su orientación política y su condición de propagandistas del movimiento obrero y no por el atentado en sí mismo. El proceso judicial se convirtió en un juicio político ilegítimo y malintencionado que tenía como fin escarmentar al movimiento sindical en su conjunto; no se buscaron pruebas ni se tuvo en cuenta la normativa procesal de la época, pero se les declaró culpables y, salvo uno, todos ellos fueron condenados a muerte.

Juzgados y condenados en calidad de figuras prominentes del movimiento obrero, varios de ellos eran tipógrafos y periodistas de un periódico anarquista que sería clausurado a causa de estos hechos y otro pastor metodista y orador, y los hubo que ni siquera estuvieron en Haymarket el día 4 de mayo. Además, de los siete destinados a morir en la horca solo uno era norteamericano y los otros seis inmigrantes europeos: un inglés y cinco alemanes.

Y es que la inmigración alemana establecida en Estados Unidos, fundadora en 1870 de la primera organización anarquista en norteamérica, había tenido un papel predominante en la agitación propagandística y política de los últimos años y en la reivindicación laboral por las ocho horas y en otras. A ellos se refería el Chicago Herald cuando, en los albores del proceso, pedía que se llevara a la horca a los ocho de Haymarket por ser "gentuza que buscó nuestras costas para abusar de nuestra hospitalidad y desafiar a la autoridad de nuestra nación, y que en todos estos años no han hecho otra cosa que proclamar doctrinas sediciosas y peligrosas". También a ellos apuntaba el fiscal en el alegato final del proceso, al pedir "declarad culpables a estos hombres, haced escarmiento con ellos, ahorcadles y salvaréis a nuestras instituciones y a nuestra sociedad".

Las consecuencias

El 11 de noviembre de 1887 fueron ahorcados los cuatro primeros condenados (August Spies, Adolf Fischer, George Engel y Albert Parsons), mientras que un quinto, Louis Lingg, presuntamente se suicidaba la noche anterior en su celda nada menos que encendiendo en sus labios un cigarrillo cargado de dinamita, lo que le procuró una muerte atroz, y según las autoridades, la policía y la prensa venía a demostrar la condición de expertos y entusiastas de los explosivos de todo el grupo.

El escándalo sacudió al país de tal forma que el gobernador del Estado de Illinios, John Peter Atlgeld, paralizó las dos ejecuciones pendientes conmutándolas por cadena perpetua y en 1893, en un acto de valentía política que le costó la carrera, reconoció que el juicio había sido una farsa, tachó la actuación del juez y del fiscal como "cargada de maligna ferocidad" y otorgó el perdón absoluto a los tres últimos acusados: Samuel Fielden, Oscar Neebe y Michael Schwab.

El jefe de policía que ordenó disparar contra la multitud en McKormicks fue juzgado y condenado por corrupción, mientras que la persona que arrojó la bomba contra los agentes nunca fue identificada.

Paralelamente, la manifiesta ilegalidad del proceso impulsó la causa de la jornada laboral de ocho horas, que por otra parte se había demostrado imparable, y dio lugar a la conmemoración del 1 de mayo como Día internacional de los trabajadores en todos los países democráticos.. salvo en Estados Unidos.

Los ocho de Haymarket: Los protagonistas

Albert Parsons: Estadounidense de Alabama, periodista de profesión y activista por la abolición de la esclavitud, emigró a Chicago tras su matrimonio, entonces ilegal, con la activista negra y mexicana Lucy González. En Chicago se hizo militante anarquista y fue por ello señalado como subversivo y despedido de su empleo en el Times, además de pasar a integrar una lista negra de la patronal industrial. Aunque se probó que no estuvo presente en Haymarket el día 4 de mayo, se entregó para estar con sus compañeros y fue juzgado y ejecutado a los 39 años de edad.

Adolf Fischer: Alemán emigrado a los 15 años a Estados Unidos, fue aprendiz de imprenta y desde 1883 compositor del periódico pro-obrero anarquista en lengua alemana Chicagoer Arberter-Zeitung. Fue ejecutado a los 30 años de edad.

August Spies: Alemán emigrado a Estados Unidos con 22 años, fue tapicero en Chicago y activista sindical, actividad que le puso en contacto con el Arbeiter-Zeitung, del que fue editor desde 1880 hasta su ejecución en 1887. Spies fue el último de los oradores en Haymarket, de hecho, aún estaba en el escenario cuando la bomba explotó. En el momento de ser ejecutado tenía 31 años.

George Engel: Engel emigró a Estados Unidos cumpliendo un sueño juvenil en 1868 y cuando ya contaba con cierto capital. Después de realizar distintos trabajos, abrió una tienda de juguetes en Chicago, donde simpatizó con el sindicalismo y el anarquismo y ayudó como tipógrafo en el Arbeiter-Zeitung. Con 50 años de edad, fue el más mayor en ser condenado por el atentado en Haymarket, a pesar de no haber estado presente ese día en la plaza.

Louis Lingg: Carpintero de origen alemán, tenía 22 años cuando fue condenado a muerte. Su presunto suicidio en su celda la noche antes de la ejecución hoy por hoy se considera un montaje de la policía.


Más sobre Los ocho de Haymarket

Historia del 1º de mayo y los mártires de Chicago

miércoles 21 de diciembre de 2011

Mileva Maric, la sombra de Einstein

Mileva Maric fue una mente privilegiada, desperdiciada en un matrimonio infeliz. Primera mujer de Albert Einstein, su compañera sentimental e intelectual en los que fueron los años más productivos del genio, fue relegada a un segundo plano durante la relación entre ambos y abandonada al olvido cuando ésta concluye. Su participación en las revelaciones científicas más importantes de Einstein es controvertida, si bien de su biografía de desprenden indicios difíciles de obviar. Pasen y vean.

Mileva Maric (1875 - 1948) nació en Serbia y en 1890 se graduó en el instituto secundario especializado en física y matemáticas con la mejor nota de su promoción, logrando ser aceptada para cursar estudios universitarios de Física en el Colegio Real de Zagreb (Croacia), con una dispensa especial, pues el centro sólo admitía varones. En 1896 se matricula en el Instituto Politécnico de Zúrich (Suiza), cuya titulación facultaba para la docencia de física y matemáticas, por ser éste uno de los pocos centros de enseñanza superior europeos que admitía mujeres; de hecho, será la quinta mujer en ser admitida en toda la historia de la institución y la única de su clase, un grupo de tan sólo once alumnos entre los cuales se encuentra un joven Albert Einstein.

Maric y Einstein inician pronto una relación sentimental. Ella es cuatro años mayor que él, tiene un carácter poco sociable y cojea a causa de una artritis congénita, pero en cambio destaca por su inteligencia y por el alto nivel de la formación recibida en Zagreb, en cuya universidad había entablado amistad con el que será otro gran genio, aunque mucho menos reconocido, Nikola Tesla (esta conexión daría pie a alguna teoría conspiratoria, pero esa es otra historia...)

El prometedor destino de Mileva Maric se trunca en 1901 al quedarse embarazada. El oprobio de la ilegitimidad la lleva a abandonar los estudios a falta tan sólo de superar el examen final, y a refugiarse en casa de su hermana en Serbia, donde en 1902 da a luz a una hija que poco más de un año después será entregada en adopción. En ese mismo año, 1903, se celebra el matrimonio entre Maric y Einstein, cunado éste, con 24 años, ha logrado finalizar sus estudios y gracias al padre de un compañero común del Politécnico ha obtenido su primer empleo como técnico de tercera en la Oficina de Patentes de Berna.

A partir de ese momento Mileva Maric subordina sus ambiciones profesionales a su matrimonio,como madre de nuevo en 1904 y como ayudante de su marido. Parece poco probable que ella, con su formación y habiendo realizado investigaciones sobre Teoría de números, cálculo diferencial e integral, funciones elípticas, teoría del calor y electrodinámica, se mantuviera completamente al margen de las investigaciones que culminaron en el "annus mirabili" de 1905, el año en que Einstein publicó los cuatro artículos que supusieron, cada uno de ellos, un gran descubrimiento científico (incluyendo la teoría de la relatividad) y que le convertirían para siempre en un genio. Se cumplía entonces la predicción que Maric le había enviado a una amiga por carta a principios de ese año: “Hace poco hemos terminado un trabajo muy importante que hará mundialmente famoso a mi marido”.

En 1909 Maric y Einstein vuelven a ser padres, pero esta vez de un niño afectado de retraso mental que requerirá atención y cuidados especiales, en los cuales se volcará su madre. Tres años después Einstein inicia una relación extramatrimonial con su prima Elsa Löwenthal, que vive en Berlín, donde en 1913 el genio acepta una oferta como profesor en su Universidad y como investigador en el laboratorio de Max Plank (el mismo en el que, años después, los nazis intentarán "cocinar" la bomba atómica).

Mileva Maric se resiste a instalarse en Berlín, donde sabe que le espera la puntilla a un matrimonio ya sentenciado, mientras Einstein, en su correspondencia con Elsa Löwenthal, se lamenta de no poder forzar "un divorcio sin culpables". Finalmente toda la familia se muda a Berlín, donde transcurren los momentos más sórdidos de su vida conyungal, pues el genio impone a su mujer, a la que ya ni soporta, unas durísimas "reglas de convivencia", que llega incluso a poner por escrito y que hablan por sí solas:

"..Renunciarás a tus relaciones personales conmigo, excepto cuando éstas se requieran por apariencias sociales. En especial no solicitarás que me siente junto a ti en casa, que salga o viaje contigo. Prometerás explícitamente observar los siguientes puntos cuanto estés en contacto conmigo: no deberás esperar ninguna muestra de afecto mía ni me reprocharás por ello, deberás responder de inmediato cuando te hable, deberás de abandonar de inmediato el dormitorio o el estudio y sin protestar cuando te lo diga..."

En julio de 1914, ante la inminencia de la I Guerra Mundial, Mileva Maric regresa con sus hijos a Suiza. Dos años después Einstein le pide el divorcio, que obtendrá en 1919, después de firmar una cláusula por la cual en caso de que obtuviera el Premio Nobel de física la dotación económica del mismo sería para Maric, cosa que ocurre en 1922.

Poco después Einstein se casa de nuevo y ante el ascenso del Partido Nazi emigra a Estados Unidos donde continúa una vida exitosa, aunque ya nunca de tanta relevancia científica como los que produjera en su juventud.

Mientras tanto Mileva Maric permanece en Suiza afrontando el cuidado de su hijo menor, que, afectado de esquizofrenia, es ingresado en una clínica psiquiátrica cuyos gastos consumen la dotación del Nobel, hasta el punto de obligar a Maric en el tramo final de su vida a impartir clases particulares de física, hasta su muerte en 1948.

lunes 28 de noviembre de 2011

Juanelo Turriano, ingeniero en España

Ilustración de Aurelio Lorenzo
Dijo Unamuno en 1912 que "Alemania nos da a Kant y nosotros le damos a Cervantes", que en España "todo se convierte en literatura, y si alguna metafísica tenemos es la mística"; en fin, "que inventen ellos". Dejando a un lado el mayor pesimismo o realismo que esas afirmaciones puedan destilar, lo cierto es que hay en la historia de España más literatos que científicos e ingenieros, y aunque algunos de éstos últimos hayan llegado a ser realmente notables, a muchos otros se les ha condenado a expatriarse o a morir de hambre.

Juanelo Turriano (1501 - 1585) es un ejemplo extremo y temprano de ese maltrato al científico tan presuntamente típico español. Originario de Crémona (Italia), Turriano se había forjado como maestro relojero en el taller de su padre y adquirida cierta reputación como ingeniero e inventor, por haber fabricado, entre otros, una grúa mecánica para elevar cañones o una dragadora para la laguna de Venecia, se traslada a Milán, donde lo encuentra Carlos V cuando la ciudad cae bajo el dominio del Imperio español en 1525.

Gran aficionado a los relojes, el Emperador hace traer a Turriano a España y lo nombra Relojero de la Corte para que trabaje en la reparación del "Astrarium", un complejo reloj astronómico, la gran joya de su colección. Turriano va más allá, y consigue no sólo arreglar el famoso reloj, sino también construir uno aún más complejo, el "Cristalino", que con 1.500 piezas marcaba la hora y la fecha e indicaba a cada minuto la posición de los planetas, el sol y la luna. La complejidad del reloj fue tal que en épocas posteriores se desmontó para conocer su funcionamiento y nadie ha sido capaz de volver a montarlo.

Gracias a este trabajo Turriano consiguió una buena posición, fama en todo el continente e incluso cultivar una íntima amistad con Carlos V, al que acompañaría en su retiro y muerte en Yuste en 1558.

Fallecido el monarca Turriano pasa al servicio del nuevo rey, Felipe II, que lo nombra Matemático Mayor, un cargo, como el de Relojero de la Corte, suficiente para otorgarle un sueldo de 200 ducados anuales, pero que no se correspondía con su actividad, que como hombre de ingenio y renacentista comprendía una gran variedad de actividades: mecánica, ingeniería, matemáticas, astronomía y arquitectura; a caballo entre la corte de Toledo y el nuevo epicentro del poder que se estaba erigiendo en Madrid, participó en la ejecución de los estanques del Monasterio de Yuste, fabricó las campanas del Palacio de El Escorial, fue reclamado en Roma por el papa Gregorio XIII para participar en los trabajos de elaboración del nuevo calendario, el actual o gregoriano, e inventó un sin fin de artilugios, desde una máquina voladora a un autómata fabricado en madera, que da nombre actualmente a una calle en Toledo.

Con estos antecendentes, y por su cercanía a la órbita del Rey Prudente, en 1565 la ciudad de Toledo le plantea un reto fenomenal, en el que ya habían fallado ingenieros alemanes, franceses y flamencos:  la construcción de algún tipo de estructura que proveyera de agua del Tajo a la ciudad de Toledo. Una compleja tarea que tuvo como fruto una de las construcciones más asombrosas de la época y la principal infraestructura hidráulica de todo el Renacimiento: el "Artificio de Juanelo", un moderno acueducto mecánico que basado en un descomunal sistema de cucharas de madera aprovechaba la energía del propio río para elevar un caudal de 11,8 litros por minuto, sobre un desnivel de 100 metros y con una inclinación del 33 por ciento.

En 1569 Juanelo entrega el "Artificio" a pleno rendimiento, bombeando 18.000 litros de agua, 6.000 más de lo prometido en un contrato con el Rey y la ciudad Imperial, que lo obligaba a costear tanto la construcción como el mantenimiento del mismo a cambio una renta perpetua por el agua obtenida. Pero esa renta no la percibirá jamás: y es que el "Artificio" entregaba el agua al punto más alto de Toledo, el Alcázar, que era propiedad del Ejército, y este, amparado por la complacencia de Felipe II, se quedó con el agua y se negó a pagar nada, porque no había firmado el contrato, al igual que la ciudad de Toledo no pagaba el agua porque, habiendo firmado el contrato, no la recibía.

Tras seis años de pleitos durante los cuales Juanelo Turriano consumió su salud y todo su patrimonio costeando el mantenimiento del "Artificio", el ingeniero recibió una oferta de Felipe II que no puede rechazar, pues ya no le quedaba nada: construir un segundo ingenio, idéntico al primero y adosado a él, que pagaría la Corona, y cuya agua sería explotada por Turriano y sus herederos, salvo que el monarca "hubiese menester de tomarla". En 1581 comenzó a funcionar este segundo ingenio, pero como Turriano había dejado de poder pagar el mantenimineto del primero y por desgaste ya no funcionaba tan bien como el segundo, Felipe II activó la cláusula que le permitía apropiarse del abastecimiento, quedándose con el agua y el segundo "Artificio", y a Turriano, que tenía ya 83 años, lo dejó sin ningún beneficio y soportando el coste de mantener el primero.

Un año después,en 1585, Juanelo Turriano fallecía como indigente en un hospicio, sus herederos huían de España y comenzaba la ruina para los Artificios de Juanelo, una de las mayores obras de ingeniería de todos los tiempos que sin nadie preocupándose de mantenerlos y abandonados al pillaje dejaron de funcionar y fueron finalmente desmontados, el primero a mediados del siglo XVII y el segundo en el siglo XVIII.

Más sobre Turriano

Los "Artificios de Juanelo"
 

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Periodista especializada en Internet, publico este blog desde el año 2009. Previamente fui colaboradora de la revista Historia y Vida y de otras publicaciones generalistas.

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